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Qué mejor que reflexionar con una cortina de lluvia como telón de fondo y con el sonido de producen sus gotas al caer. Pareciera que el temporal externo estuviera íntimamente ligado con el interno. Pareciera que cuando llueve y se mojan las calles, algo dentro de nosotros también se inunda. ¿Qué podemos hacer más que entregarnos a la experiencia? Algo bello hay en ese estado melancólico que suscita un día de lluvia. Algo que nos vincula con un todo y nos dice que no somos un hecho aislado, que formamos parte de algo mucho más grande. Que cuando el cielo gruñe, algo se agita en nuestro interior. No hay chubasquero que impida que el día húmedo cale en nuestra piel y en nuestros huesos. ¿Cuál es entonces la frontera? ¿Y si no hay? No hay día ni hay yo. Solo una vorágine de sensaciones que pertenecen a un día sin tiempo y a un yo sin cuerpo. Tal vez todo sea lo mismo. Quién sabe…

Hace poco escuchaba que la verdad absoluta es trascendente. En nuestro plano terrenal y mundano a veces hay atisbos de verdades absolutas pero el resto suelen ser verdades pasajeras sujetas a transformación.
Tal vez un día de lluvia inspire algo de verdad…mientras tanto nuestras verdades nos servirán para protegernos del frío y de la lluvia. Y cuando pase la tormenta tal vez necesitemos desecharlas para arroparnos con otras nuevas. ¡Hagámoslo si así lo requiere nuestro camino! Y sigamos esa búsqueda de verdades inmutables si así lo deseamos. O si preferimos, sencillamente gocemos sentados en el porche ver la lluvia caer o…ser también la lluvia.


Texto inspirado en la experiencia no dual de la que tantas tradiciones ancestrales nos vienen transmitiendo desde hace miles de años. A grandes rasgos, una experiencia no dual es aquella en la que el ego o carácter (el famoso Yo) se desvanece dando paso a un todo indiferenciado donde hay por tanto ausencia de yo y deslocalización de éste.

El relato plantea la experiencia de una vida dual (la que la gran mayoría conocemos) en una reflexión que acerca al protagonista a la posibilidad de la experiencia no dual, es decir, de la indivisibilidad de todos y de todo. Algo aparentemente inalcanzable o que puede parecer estar al alcance de solo unos pocos, el protagonista lo hace sencillo y cotidiano, como una práctica externa que en su caso pasa por sentirse parte de la lluvia.

También habla de las verdades que construimos, dando valor a los constructos mentales o respuestas emocionales que nuestro carácter ha ido creando como defensas o protecciones para enfrentarnos a la vida. ¡Si los tenemos, es por algo! La idea es valorarlos por la función que han hecho y predisponernos a un trabajo de flexibilizarlos, evitando así que nos condicionen y limiten en la vida. Y para ello, primero debemos conocer profundamente nuestro ego o carácter para luego ir ampliando el campo de percepción y dando lugar al cambio y a la transformación. Ese camino dará lugar a otras verdades y también a la posibilidad de verdades cada vez más profundas y certeras.

El relato es también la unión de tierra y aire, un acercamiento entre plano terrenal y espiritual. Una certeza (no sé si absoluta o no) de que lo espiritual radica en lo terrenal y viceversa.

En psicoterapia o en un proceso de crecimiento personal y desde el enfoque desde el cual yo trabajo, buscamos caminar hacia el famoso “aquí y ahora”, presencia absoluta, mirando de frente a eso que llamamos ego o carácter que no es más que lo que creemos que somos y haciéndonos de ese modo más libres y más plenos. Nuestro horizonte terapéutico y objetivo final es la libertad absoluta del ego pasando a formar parte de un nosotros que engloba todo y donde no hay fronteras. Del mismo modo que el protagonista puede ser lluvia aunque sea solo por un instante.

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