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Estrés: Qué es, para qué sirve y cómo aprender a gestionarlo

cómo gestionar el estrés

El estrés es una respuesta psicofisiológica que, a priori, es sana y necesaria. El estrés nos sirve para poner al organismo en alerta cuando un peligro acecha. Esto, en un sentido positivo y funcional se traduce en infinidad de situaciones cotidianas; activarnos para poder finalizar un trabajo que tenemos que entregar en un corto plazo de tiempo, estar pendientes de varias tareas a la vez si así se requiere, competir con los amigos en un juego de mesa, afrontar el primer día de trabajo, etc. Todo ello, requiere de un determinado estrés que, en su sana medida, ayuda a la resolución y al éxito de estas tareas. En teoría, una vez pasada la situación que requiere de esta dosis de estrés, éste debería disminuir y con ello, nosotros volver a una situación de reposo (o por lo menos de menor activación).

El estrés en equilibrio u homeostasis, nos mantiene vivos, despiertos, activos y facilita la resolución de tareas, la anticipación de posibles obstáculos y la activación necesaria para llevar a cabo con éxito nuestros retos cotidianos.

Pero, ¿cómo hacemos para estresarnos más de la cuenta?

Frecuentemente, solemos percibir el entorno peligroso y amenazante, en tanto que no podemos controlarlo, es nuevo e impredecible para nosotros. El caso es que, para defendernos de eso que atribuimos como peligroso, estresamos nuestro cuerpo y lo ponemos en alerta. A nivel físico, segregamos cortisol, una hormona que lo que hace es preparar nuestro cuerpo para la defensa o para la acción. Es decir, en última instancia, para la supervivencia.

A veces, el peligro no es real, y el cuerpo se tensa porque entiende que sí lo es. De este modo, el nivel de estrés no es acorde al momento que estamos viviendo , o es un estrés sostenido en el tiempo, que ya no tiene tanto que ver con lo que estoy haciendo, sino con cómo me percibo a mí y a mi entorno. Puede, entonces, que pasemos de una respuesta de estrés funcional a un estrés sobreactivado, sobreexcitado, pasado de revoluciones, o bien, a uno ya insensibilizado, que ni siente ni padece, donde lo que hemos hecho es desconectarnos para no sentirlo. De un modo u otro, el estrés continúa en nosotros y va haciendo mella.

Las consecuencias de un estrés prolongado y disfuncional abarcan desde problemas digestivos, hasta ansiedad, irritabilidad y/o problemas de sueño. Dependiendo de la persona, las manifestaciones físicas y/o psicológicas serán diferentes. Por desgracia, la mayor parte de las veces, nos damos cuenta de la necesidad de hacer algo al respecto, cuando las consecuencias son ya más que evidentes (y al mismo tiempo, qué suerte tenemos de tener y ser un cuerpo que nos avisa!).

El problema viene cuando nos mantenemos de forma continuada en esta activación que no es acorde con el ambiente (es decir, no hay una amenaza real) y no damos espacio a lo que verdaderamente necesitamos, a aquello necesario para nuestro equilibrio orgánico y vital (tal vez descargar la energía acumulada, tal vez descansar, coger aire, poner límites o empezar a reconocer qué sentimos).

¿Cómo gestionar el estrés?

Ya hemos visto que, si bien el estrés a un nivel puramente biológico, tiene que ver con preparar al cuerpo en disposición de alerta por un determinado peligro, la realidad es mucho más compleja y en cada persona, la vivencia del estrés, su manifestación, su tolerancia y la manera de gestionarlo será diferente. Por lo tanto, primero tendremos que explorar; ¿cómo es mi estrés?, ¿de qué manera lo vivo?, ¿cómo me relaciono con él?, ¿cómo me estreso? y, ¿para qué?

De este modo, nos vamos a ir acercando a la experiencia concreta del estrés de cada persona. Por un lado será importante profundizar en la dinámica interna (qué me digo, cómo me siento, qué hago) para tomar conciencia de cómo hago para estresarme y desde ahí poder encontrar los recursos y estrategias para gestionar el estrés de tal modo que no se de a niveles tan altos o de forma permanente o, en el caso de que se de, saber qué hacer para identificarlo y rebajarlo.

Algunas formas de estresarnos a modo de ejemplo podrían ser:

1. Afrontar alguna tarea desde el perfeccionismo y/o la alta exigencia.
2. Salvaguardar mi imagen de niñ@ buen@ constantemente frente al otro.
3. No darme permiso para descansar y estar permanentemente en el hacer.
4. Estar en continua alerta por miedo a que me hagan daño.
5. Estar siempre disponible para los demás y poco en contacto con lo que yo necesito.
6. No saber decir que no.

¿Te sientes identificado con alguna de estas situaciones?

Éstas son solo algunas de las situaciones posibles. Además, el estrés puede darse por otras causas o estar asociado a algún ámbito en concreto: en el ámbito laboral, producto de algún suceso traumático, etc. Por supuesto, caben tantas posibilidades como personas que experimentan estrés.

Si crees o sientes que como psicóloga te puedo acompañar en tu proceso y junt@s abordar tu estrés, no dudes en contactarme. Será un placer acompañarte.

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Fotografía: Nick Karvounis

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